Mostrando entradas con la etiqueta mente. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta mente. Mostrar todas las entradas

jueves, 29 de mayo de 2008

Las palabras ellas solas

Las palabras son cáscaras vacías, no son en ellas mismas nada, sólo una matriz aristotélica, la hilé-morphei, el continente que espera un contenido para poder ser dicho. Las palabras se generan entre la boca, la laringe y el paladar, en esa caja vacía y hueca se genera el sonido que no será nada sin un interlocutor que dé forma definitiva a través del significado a lo que la palabra-significante evoca.
Observemos la palabra “creer”, observemos su ambigüedad. Creer es un verbo que evoca dos formas de comprender el mundo. Por una parte significa creer en algo, es decir aceptar sin pruebas de que ese algo equivale a la condición que se le propone. Creer en Dios por ejemplo es aceptar que existe una realidad creadora y supraindividual que se manifiesta más allá de las pruebas que lo sustentan. Diferente es sin embargo “creerse Dios”, si observamos estas dos creencias de cerca observaremos que la única diferencia entre ambas es la existencia de una preposición, de un embrague: creer en Dios, es distinto a creerse Dios.
Esa preposición “en” delimita y diferencia dos ámbitos semánticos bien distintos: el ámbito de creer en algo del ámbito de creer-se ese algo. La segunda propuesta es autoreflexiva, autoreferencial, psicótica, mientras la primera es normal, pues no hay creencias delirantes sino sólo sujetos que deliran. Por extravagante, exótica o bizarra que nos parezca una idea, jamás esa idea en si misma podrá ser catalogada de psicótica, de patológica, pues no está en la palabra –en la creencia- el delirio, sino en la posición que ocupa el sujeto en ese delirio –en esa cadena de significantes-, algo que podemos averiguar precisamente a través de la construcción que ese mismo sujeto realiza a través del lenguaje, un lenguaje que carece de embragues. La locura es pues un descarrilamiento del lenguaje, una falta de preposiciones.
En el lenguaje común sabemos muy bien y de forma intuitiva a qué me estoy refiriendo: cuando decimos de alguien: “se lo tiene muy creido”, ¿qué queremos decir? No estamos aludiendo a la fe que uno tiene en sí mismo sino a algo más, queremos decir que esa persona ha logrado identificarse con una imagen de si mismo que a los demás se nos antoja como una exageración, como una hipertrofia que identificamos con la palabra vanidad u orgullo. Nada que ver con la necesaria “creencia” en uno mismo, algo que entendemos como un valor a diferencia de la autosuficiencia que detectamos en el vanidoso. “Creer en uno mismo” es distinto a “creerselo”, sea cual sea la virtud que sirve de apoyatura a tal creencia. Aun más, en las personas “que se lo creen” muy rara vez averiguamos de qué se trata, qué es lo que ellos se creen de sí mismos, nos parecen personas alejadas de la realidad, no sólo exagerados sino que también abrazaran mecanismos ilusorios para sostener tal creencia.

De igual modo sucede con los síntomas mentales, no es lo mismo “creer en un síntoma” que “creerse el síntoma”, nosotros los psiquiatras estamos obligados a creernos la queja de nuestros pacientes pero no estamos obligados a “creérnoslo”, como a veces hacen ellos, los sujetos que nos consultan porque ellos a veces han sido apresados por esa ausencia de preposiciones, de embragues que les llevan precisamente a “creerse” síntomas que no existen, o al menos que ellos han construido sin saberlo utilizando su libre albedrío y al que casi siempre ignoran, como si el síntoma fuera algo “que alguien puso ahí” o algo que simplemente les sucede sin que lleguen a intuir que el síntoma siempre es una construcción subjetiva e individual como un sueño.



lunes, 10 de marzo de 2008

Los ganglios basales y el infierno de Dante


Cuando Dante bajó al infierno en compañia de Virgilio se sorprendió de que en el circulo de los envidiosos no hubiera nigún demonio vigilando las calderas donde en permanente ebullición aquellas desgraciadas ánimas purgaban sus pecados de envidia durante su vida. Preguntó Dante a Virgilio cual era la razón por la que aquella sala se encontraba sin vigilancia y éste le contestó diciéndole que era innecesaria puesto que si habia algun condenado que intentara escapar de su caldera inmediatamente iba a ser delatado por los demás que incluso impedirían por su propia mano que ninguno escapara de su tormento eterno.
Por algo habían sido condenados por ser envidiosos.
Y un envidioso es precisamente eso: alguien que ni hace ni deja hacer pues no puede permitir que haya alguien que tenga mejores oportunidades o mejor suerte, ellos -los envidiosos- sufren si ven disfrutar a alguien, se enferman si alguien les demuestra que las cosas pueden hacerse de otra manera, en este caso mejor. Los envidiosos nunca dejarian escapar a alguien de una caldera.

Los ganglios basales son una estructura profunda del cerebro, justo en el centro del mismo que agrupan una serie de estructuras cercanas entre si y que tienen en común varias funciones relacionadas con la memoria a largo plazo y la motricidad, es precisamente alli donde se guardan los recuerdos automatizados, esos en los que no necesitamos pensar y que tienen que ver con el movimiento o mejor: con la serie de rutinas o secuencias necesarias para andar, deglutir, mover las manos, etc. Alli en la memoria procedimental se encuentran grabadas toda esa serie de automatismos aprendidos que hacen que para andar no necesitemos estar pensando en cómo lo hacemos y que podamos dedicar nuestra consciencia a pensar en otra cosa mientras caminamos. Dicho de otra manera la memoria procedimental guardada en los ganglios basales tiene que ver con el movimiento, es inconsciente y podemos hacerla consciente mediante la voluntad. De la misma forma todo aquello que está guardado alli en un tiempo determinado fue consciente: lo fue mientras aprendimos a andar, a tocar el piano o a coger la cuchara o el tenedor, pero una vez automatizado el movimiento supone un enorme ahorro de memoria de trabajo el no tenerle siempre en la consciencia.
Además de esta importante función los ganglios basales son como estaciones de paso entre el cerebro voluntario y el cerebro profundo, es decir del tallo cerebral o de la médula. Por alli pasan pues todas las aferencias que vienen de abajo: de la médula y se cruzan con las que vienen de arriba, basicamente del sistema cortico-talámico donde está suponemos ese gran director de orquesta que llamamos el Yo y la capacidad de predicción. Una de sus funciones más conocidas es la modulación como sucede con todas las estaciones de ferrocarril, alli paran trenes y salen otros en direcciones opuestas, otros ni siquera se detienen, asi operan los ganglios basales: se dedican a modular o a inhibir los impulsos demasiado amplificados bien procedan de la corteza cerebral o de la medula, les obliga a justarse a las normas de tráfico.
Lo sabemos por determinadas enfermedades como por ejemplo el Parkinson que es una curiosa combinación de sintomas excitatorios (temblor) y otros inhibitorios (amimia, rigidez, bradipsiquia, etc) y lo sabemos porque la sustancia nigra es precisamente la estructura basal que se encuentra averiada en esta enfermedad. Concretamente la averia que presenta es la insuficiencia de dopamina que es el neurotransmisor que comunica entre sí las sinapsis en ese lugar. Desde que disponemos de L-Dopa, una droga precursora de la dopamina podemos tratar con eficacia algunos de los sintomas de la enfermedad de Parkinson, pero el interés de esta enfermedad es que gracias a ella podemos conocer mejor para qué sirven los ganglios basales: sirven para coordinar el movimiento, es como si la averia de la sustancia nigra enlenteciera en algunos lugares las entradas o inputs motores y en otros lugares las acelerara.
Por ella y por otras curiosas enfermedades como la de Gilles de la Tourette sabemos que los ganglios basales tienen una asombrosa función: son como válvulas destinadas a inhibir cualquier entrada o salida y que además mantienen entre si conexiones inhibitorias.
Esta inhibición de la inhibición es la que se manifiesta en la patología como desinhibición en forma de palabras en el sindrome de la Tourette. Como si esas palabras fueran emitidas por alguien ajeno al que las declama, como si el lenguaje se hablara a si mismo a través de un receptor parásito, se trata de un lenguaje sin mente, una emisión de palabras sin sentido. En el caso del Parkinson la desihibición afecta sobre todo al temblor o a los movimientos gruesos que parecen torpes agitaciones huecas de un sujeto sin intencionalidad, como si el enfermo hubiera perdido la medida de sus propios bordes, quizá por eso la enfermedad se llamó "paralisis agitante" aunque hoy la conocemos con el nombre de su descriptor.
Los ganglios basales son pues como válvulas que minimizan la señal que por ellas discurre y obstaculizan su maximización, hacen pues la misma función que las envidiosas del infierno de Dante: no dejan salir a nadie fuera de la olla.
Es por eso que decimos que a tal persona "se le fue la olla", la metafora tiene cierto sentido y parecido con la Divina Comedia y la descripción de Dante, pues los ganglios basales tienen entre otras esa función: la de impedir que a la olla se le salte la tapadera.

lunes, 3 de marzo de 2008

Los misterios de Eleusis

Eleusis era una ciudad vecina y cercana de Atenas que ha pasado a la historia porque los atenienses y griegos venidos de todas partes del orbe peregrinaban a ella una vez al año para ser iniciados en los misterios eleusinos que han pasado a formar parte de un verdadero misterio puesto que estaba prohibido bajo pena de muerte contar la experiencia de lo que alli se veia o decía.
Lo que sabemos pues es en parte historia documental, en parte leyenda y en parte interpretación de los expertos sobre el tema como Kereny o Wasson, ambos proponen versiones bien distintas de los ritos eleusinos y sobre todo discrepan sino en el fondo de la cuestión, si al menos en la inducción enteogénica o no de la experiencia alucinatoria que tenia lugar en el santuario de Eleusis que para Wasson estaba provocada por el cornezuelo de centeno y para Kereny era un simple fenómeno psicológico de tipo sugestivo.
El kikeon, nombre de la bebida sagrada que acompañaba a los peregrinos en su iniciación era seguramente agua de cebada aderezada con menta, contaminada o no por el "claviceps purpurea" un hongo parásito de la cebada y que posee actividad psicotrópica demostrada, algo que conocemos desde las experiencias de Hoffman sobre los alcaloides o principios activos del citado hongo. Experiencias que le llevaron a la sintesis de la malograda LSD-25 y un sin fin de medicamentos benefactores para la medicina, desde fármacos para el dolor de cabeza hasta uterotónicos destinados a contener las hemorragias ginecológicas.
Sea como fuere lo que es cierto es que la iniciación eleusina tenia como objetivo el que los iniciados perdieran el miedo a la muerte y entendieran la vida como un ciclo de muerte-resurreción, donde algo viejo debía morir para que algo nuevo emergiera. Es por esa razón que el culto eleusino tenia como protagonistas a Demeter y a su hija Persefone. En realidad madre e hija son parte de una trinidad sagrada que representan las fases de la femineidad y que coinciden y son representadas además por las fases de la luna: una trinidad que se repite constantemente en la mitología griega. Hécate, la anciana, Demeter, la madre y Persefone, la Koré forman el dramatis personae de un reparto transgeneracional de roles diversos que encadenan los ciclos de la mujer con los ciclos de la naturaleza: asi Demeter la madre es asimilada a la cebada y se representa casi siempre con una gavilla de cebada en la cabeza, Hécate representa los poderes maleficos de la luna y la parte oscura de la mujer, y Persefone, la Koré o doncella es la mujer en edad fértil pero núbil. Las tres representan a su vez los ciclos de semilla que se entierra en la tierra, el tallo y la flor que después de ser fecundada vuelve a esparcirse por la tierra y el grano que es recogido después de la espiga y que se recolecta en el granero, un ciclo ctónico anual que se repite inexorablemente. No es de extrañar pues que los griegos presentaran tal devoción por las Diosas y que rindieran en Eleusis culto a tamaña metamorfosis acaecida para el sustento de toda la humanidad.
El mito de Demeter y Persefone es como todo mito algo que tiene multiples interpretaciones e incluso versiones bien diferentes del propio mito, existen en Internet pululando interpretaciones bien distintas en función de quien las escribe, de manera que no voy a insistir ni en la interpretación feminista ni tampoco en su versión romántica casi de cuento de hadas como esta de aqui.
Tampoco me parece adecuado volver sobre el mito en si bien conocido para lo que remito al lector a la wikipedia para concoer el mito en toda su complejidad. No obstante señalaré algunas cuestiones que creo tienen mucho que ver precisamente con la iniciación a los misterios eleusinos, es decir a la experiencia de inmortalidad que seguramente apresaba a los participantes en aquella fabulosa experiencia sensorial y espiritual que prácticamente quedó extinguida en el siglo IV d. C.
  1. Persefone es raptada y violada por Hades, el señor del mundo de abajo mientras recogia florecillas (narcisos) en Nisa. Existe pues un rapto, una paroxismo, un episodio violento que separa madre e hija de una existencia plácida y desexualizada y que lleva a la muchacha al mundo de abajo.
  2. La madre queda desconsolada y amenaza a Zeus con secar toda la tierra si su hija no aparece. Para saber más sobre el mito de Demeter y toda su peripecia publica le remito a este enlace.
  3. Zeus y Plutón (Hades) deliberan para llegar a un acuerdo para que Demeter no seque toda la tierra dejando a los humanos en la mas absoluta pobreza y miseria, llegan a un acuerdo y Persefone pasará medio año en el reino de abajo y medio año en el mundo de arriba, semilla y flor.
  4. Demeter y posteriormente otros heroes tratan de salvar a Persefone de su destino infernal pero nadie puede hacerlo porque Persefone ya ha comido un grano de granada, es decir ya se ha comido a sus propios hijos, ya no es virgen y está condenada a repetir el ciclo año tras año mientras su madre niega su duelo y más tarde ya conformada parece acoplarse a las cicunstancias.
Como puede observarse el mito Demeter-Persefone trata sobre la ciclicidad y sobre la germinación de los granos en una especie de metáfora sobre la fertilidad desplazada hacia la fertilidad femenina, naturalmente la fotosíntesis y la crianza y producción de las gramíneas a escala "industrial" tardaría aun muchos siglos en conocerse y es por eso que el mito es siempre una manera elegante y multidimensional de acercarse a la verdad aunque no sepamos aun todos los fundamentos de esa verdad.
El mito no pretende ser explicativo y debe ser por eso que lo explica todo: la mejor lección para aprender sobre la ciclicidad de la vida y para entender que la muerte después de todo no es más que una redención, fue eso lo que se enseñaba en Eleusis.
Y quizá fue por eso que el cristianismo, empeñado en imponer otra forma de entender la resurrección terminó con la peregrinación y nos negó la posibilidad de entender mejor el ritual que alli pereció en el secreto.

martes, 19 de febrero de 2008

Quise ser un genio


Muchas veces me han dicho que soy un genio, lo que coincide con un deseo mio infantil: ser alguien diferente, yo entonces queria ser un genio, como Paul Mc Cartney, paradigma de todos los genios que conocía por aquel entonces y al que suponia portador de una especie de tarjeta vip que te permitía ser reconocido, admirado y amado sin condiciones. Desde entonces muchas veces me he preguntado qué es un genio, de manera que tenia pendiente una reflexión, es esta:

Los griegos le llamaban daimon, los latinos genius, y los egipcios Ka, todos ellos creian que el genio era un representante vicario de la divinidad, algunos lo pensaban como un "alter ego", algo que sobrevivia al Ba o cuerpo corruptible, Heráclito lo pensaba desde un lugar muy próximo a lo que nosotros entendemos como subjetividad, los romanos lo celebraban con una tarta el dia del cumpleaños, tarta que seguia siendo en la tradición una ofrenda a los dioses, no cabe ninguna duda de que el genio representaba la chispa divina en la naturaleza humana, El genio es pues indivisible del alma. Claro que los antiguos no creian en absoluto que todos los seres humanos tuvieran alma, por ejemplo era muy dudoso que las mujeres la tuvieran y tampoco los esclavos o los campesinos, los clásicos suponian que el alma era condición de las clases instruidas, de los aristócratas o de los filósofos. Hoy nadie sostendría esta suposición, y todos estaríamos de acuerdo en que el alma de existir es patrimonio de toda la humanidad, lo que de alguna manera corrompe el sentido de genio porque es evidente que no todo el mundo posee este don.

Estamos tentados a creer hoy que el genio es una especie de talento natural (o patologia) que se manifestaria precozmente proyectado en alguna disciplina como la música (Mozart), la literatura (Shakespeare) o la ciencia (Einstein), sin embargo en mi opinión esta idea no hace sino relegar el genio a un aspecto puramente administrativo, utilitario o disciplinar. ¿Si el genio no dominara ninguna disciplina como se manifestaria? Siempre me pregunté eso cuando reflexionaba sobre el asunto, porque en nuestra categorización del genio hay algo de tautológico, "es un genio aquel que ya ha demostrado serlo", es la postura fácil, pero ¿como reconocer al genio antes de haberse manifestado?.

Asi que he buscado y buscado una definición que me satisfaga durante años hasta que la encontré en el libro de Campbell (1946) acerca del psicoanalisis del mito, dice refiriendose al talento especifico de la genialidad:

Es mas bien una negativa deliberada y aterradora a dar otra respuesta que no sea la más honda, la más alta y la más rica a una demanda desconocida, de un vacio interior en espera, una especie de golpe total o rechazo a los términos que ofrece la vida como resultado de lo cual su fuerza transformadora lleva el problema a un plano de nuevas magnitudes donde repentina y finalmente se resuelve.

Campbell lleva el dilema de qué es un genio a otro lugar distinto al de las habilidades, el éxito editorial o mediático o la "profesionalidad" del músico o pintor precoz, nada de esto hace falta para descubrir al genio pues la genialidad no es un talento, ni una hablidad sino una manera de pensar y reaccionar ante una llamada que se inclina por la generosidad, por el entusiasmo y por la exhuberancia, a veces por el exceso, otras veces por el autosacrificio, pero siempre con el sentido de misión porque el genio sería de todos aquellos que sienten esta llamada, uno de los pocos que la atienden.

Eso es lo que yo soy, sin duda alguna, un entusiasmat, ahora comprendo por qué tengo tantos enemigos y tantos admiradores a distancia, un genio con independencia de las habilidades o profesionalidad del experto que tambien puedo ser.

Quise ser un genio pero ahora ya se lo que es.

Lo que soy.



sábado, 19 de enero de 2008

La Yoidad

A pesar de que todo Yo y toda identidad son metafísicamente y materialmente ilusorios, todo ser humano se afana durante prácticamente toda su niñez en alcanzar una identidad propia, desgajada del común, apoyándose en las figuras de identificación que le sean de referencia, tarea que no completará definitivamente hasta bien entrada la adolescencia.

Es asi hasta tal punto que para el psicoanalista E. H. Erickson la identidad es la condición del sentirse vivo.

La paradoja de esta actividad, en esta formulación, consiste en haber anunciado desde el principio que toda identidad y todo Yo son ilusorios y al mismo tiempo haber reconocido también, que en esta tarea se consumen enormes cantidades de energías, dedicación y tiempo, el mismo Erickson habla de las patologías que aparecen en el caso de que un adolescente no haya adqurido una identidad desgajada del común, en este sentido la difusión de la identidad seria el constructo contrario y antisaludable de haber conseguido creer-se alguien, aunque esa creencia no sea más que –en otro punto de vista- una falacia.. Esta contradicción, sin embargo, no debe extrañarnos. El hombre, arquitecto poyético con una capacidad infinita de generación de símbolos, es capaz de sacrificarse por ideas, morir por creencias, pasarse la vida luchando en pos de ideales y en un nivel más patético también pelearse por una palabra de más. No es, pues, extraño que dedique una enorme energía a la tarea de agenciarse una identidad especifica para sí mismo, a partir o en contra de las expectativas de los demás, pero en cualquier caso a partir de esa referencia que le sirve de mirada, de rastro consensuado y que generalmente atribuimos a la familia, a la parentela o a los más próximos.

La identidad o el Yo, son en realidad abstracciones, ideas, constructos que no podemos ver, ni tocar, oler y ni siquiera sentir, a pesar de ser algo inmaterial que no existe tangible o fácticamente, se trata de constructos de certeza, todos creemos tener un Yo, y todos les atribuimos a los demás una misma existencia (teoria de la mente), no existe una idea tan intuitiva como el “saber” que yo existo y que al mismo tiempo usted existe y tiene un Yo parecido al mío dotado a su vez de otra subjetividad. Sin embargo esta creencia es tan metafísica como la consciencia universal o la creencia en Dios, la mayor parte de personas que conozco darían una respuesta bastante aproximada a lo que los neurocientíficos entendemos como Yo, existe pues, un consenso intuitivo sobre su función:

  • El Yo es mi cuerpo.
  • El Yo es mi personalidad, mi carácter, mi subjetividad, lo que me hace diferente a los otros.
  • El Yo es mi historia, mi vivencia de continuidad.

Aunque en nivel mucho más práctico el Yo equivale al cuerpo, sobre todo al cuerpo que exhibimos a los demás, cara y - por decirlo médicamente- las partes descubiertas.

La razón más comprensible de esta manía identificatoria es que de nuestro Yo cuelgan una serie de conceptos que son fenoménicos y aunque no tienen nada que ver con la esencia de ese Yo, tienen mucho que ver con su existencia, con "nuestra forma de estar en el mundo" y sobre todo de "ser reconocidos en él", aspectos que tienden a ser asimilados por el discurso vulgar como si fueran órganos u objetos, me estoy refiriendo a la autoimagen, es decir a la vivencia interna de cómo somos fisicamente. El Yo en este sentido sería como un quinto sentido que reside en alguna parte del cerebro en forma de representación. Una seña de identidad como el color de los ojos o la forma de la nariz.

Para algunas personas esta identidad se halla fundida con su apariencia, es decir con lo que los demás piensan de ellos. Aunque toda identidad precisa de una legitimación social, creo que este es el ingrediente más vulnerable de entre los cementos que amasan la identidad. Depender de los constructos interpersonales ajenos es una mala estrategia de crecimiento del Yo. En el otro extremo del polo, la absoluta independencia de la identidad con respecto a la apariencia, estado que conocemos como narcisismo, es también una mala estrategia de sustentación de una sólida diferenciación.

Dicho de otra forma: la dependencia o apego a la imagen que recibimos de otro se encuentra en tensión permanente con la imagen que tenemos de nosotros mismos y a la vez esa autoimagen es probablemente heredera de la imagen que otros se hicieron de nuestro cuerpo. El apego y la autonomia con respecto a la imagen vivida del cuerpo están en conflicto permanente, en relación dialéctica.

Cualquier experiencia relacionada con la identidad está sustentada en un cluster de reconocimientos, validaciones y legitimaciones, así como también de exclusiones, criticas y retrocesos en la autodefinición. Pero no se trata sólo de una validación social sino sobre todo de una experiencia creativa individual para intentar individualizarse del común. La experiencia es necesaria para su etiquetado posterior, sin experiencia vivida no hay pues nombre, ni categoría. Pero sin categoría sería naturalmente imposible la experiencia, al menos de forma transmisible o recordable. Lo malo de este constructo es que una vez construida y legitimada la etiqueta, esta se comporta como un cuerpo extraño que opera como un atractor de cualquier angustia o zozobra. Además, opera como un objeto interno alienante en tanto que el individuo acaba sintiéndola como una fatalidad que aunque colisione con un sentido común intacto y un juicio de la realidad correcto, constituye una realidad interior contradictoria, no ya con las expectativas sociales iniciales, sino incluso con ese sentido común que el propio individuo conserva.

Por eso construimos nuestra identidad a base de tanteos y retiradas, la construimos por aproximación, en un juego constante de roles, un ejercicio de empatía, la mejor de las condiciones de asimilación , también por odio o resentimiento, un argumento que nos acaba convirtiendo en un negativo patético de aquello que tratábamos de combatir.

La verdad es que una vez se ha construido el nombre (la categoría), el símbolo nos posee, se convierte en un cuello de botella para el raciocinio y la persuasión, en el sentido de que ya no responde tan solo a un consenso o a una experiencia subjetiva, sino que -individualmente también- puede servir de vehículo o coartada para cualquier otra pasión, a veces de sentido contrario a las intenciones iniciales. Así el amor se transforma en su opuesto: el crimen, el fervor en envidia, la admiración en rivalidad. La identidad entonces deja de ser un noumeno y se convierte en un fenómeno, ese salto semántico entre lo abstracto y lo concreto es el vinculo invisible que anuda al hombre, a su mente y a su cultura, un enigma sin solución, porque supone un salto cualitativo, que aun sin entender en su naturaleza íntima somos capaces de observar y que algunos pensadores como Foucault atribuyen al sembrado de entidades o categorías, propias de nuestro pensamiento dual.

La capacidad poyética del hombre para construir etiquetas es prácticamente infinita. Con ellas pretendemos señalar las experiencias comunes, consensuales, las expectativas razonables, aquello que acaecerá inevitablemente en el curso de la vida de una persona, pero también la capacidad de inventar nuevas adversidades. La capacidad de etiquetar es benéfica en sí misma, porque estas señalizaciones representan atajos para la comprensión de eventos inexorables y complejos que es necesario aprender a evitar, a predecir desgajándolos del cemento común de lo inesperado pero cuyas consecuencias y denominación forman parte del modelo perceptual común a una determinada cultura, apresando conceptos o valores que a veces resultan universales y otras veces solo son casos particulares para una determinada etnia o cultura particular. En cualquier caso el etiquetado no tiene nada de neutral, porque a veces también sirve para desparramar o diversificar los malestares del hombre, incluso antes de que estos malestares hayan sido explicitados.

Su vehículo de transmisión es el lenguaje, con él etiquetamos los conceptos, con palabras, que compartimos con aquellos que miran la realidad con nuestras mismas gafas lingüisticas. Sin embargo, el lenguaje no es la realidad sino el sistema de signos que la codifica, el lenguaje es el mapa, no el territorio. Pero la realidad tiene -naturalmente- existencia propia, objetiva, más allá de la colección de signos de que disponemos para interpretarla. En cierto modo, es posible decir que la realidad la inventamos con nuestras palabras, sobre todo la realidad interna, aquella que es interpretativa, subjetiva y que siempre es un acto de creación. Una realidad que parcelamos desde el infinito de lo amorfo, desde lo insignificante de nuestra existencia finita.

Otras veces no existen palabras para nombrar las experiencias: es lo inefable, tenemos entonces que conformarnos con comunicarlas a partir de aproximaciones formales con la herramienta del idioma, dejándonos en el tintero muchos matices que trasmitir, por eso existe el arte y sobre todo la poesía, algo que nos lleva a la indistinción, al mestizaje y a la indiferenciación. Así y todo somos incapaces de nombrar determinadas cosas y por eso existe el inconsciente, un almacén donde hay que ir a buscar lo informe, lo inefable, lo indiferenciado.


Quien busque la esencia que vaya al monte (Proverbio sufi)


Uno de esos consensos universales es el Yo, otro la identidad, conceptos que he anudado en un neologismo: la Yoidad. Consiste en la sensación de ser alguien distinto a los demás, en la sensación de ser aparte, de estar desgajado del cemento de lo amorfo, de lo insustancial. Consiste en tener un cuerpo y tener un carácter, una profesión, un nombre, pertenecer a un lugar determinado, tener propiedades que sentimos como prolongaciones de esa identidad, una familia, unos amigos, unos hijos, una bandera. Todas estas realidades prácticas "cuelgan" de nuestro concepto de identidad, de nuestro Yo y muchas veces lo suplantan, y casi siempre le prestan un soporte funcional, cuando las barreras de ese mismo Yo son frágiles o demasiado permeables.

Pero de él también cuelgan otros parásitos no tan benéficos. Cuelgan la ambición y el dolor, el desengaño y la desesperación, el resentimiento y la culpa. Cuelgan, en definitiva, el dolor y el sufrimiento: la otra cara de la moneda de la autosatisfacción y de la autoimportancia, de ese amor extremo que nos profesamos a nosotros mismos y que llamamos narcisismo.

Y sin embargo ¿qué es esa percha, la identidad?. No es un órgano como el hígado, ni una secreción como la orina. No es un hueso como el fémur, ni un órgano sensorial como el oído. No, su existencia no pertenece al mundo físico, aunque la suponemos en nuestro cerebro (mejor en nuestra mente) o una función adherida a ella.

En realidad, la identidad y el Yo, no son sino constructos teóricos que nos sirven para nombrar aspectos de las diversas conciencias que acompañan al crecimiento ontogénico del niño (un recorrido similar al de la humanidad misma), y cuyo nacimiento se atribuye a una secuela del complejo de Edipo, cuando el niño comienza su separación fáctica del Edén que fue la madre, que operó como un objeto omnipotente y transmitió a su hijo esa sensación, (confianza básica) mientras era en realidad un bebé desvalido y carente de lenguaje y de aparato perceptual. Antes de ser yo, el niño no es sino un Ello, un puro objeto de la madre, solo un Otro de la madre. Es decir el Yo es un rastro histórico, dinámico, que deja una estela de su paso, una huella, el Yo es una conciencia en expansión y contracción permanentes.

En este marco de socialización el niño descubre a los otros "yoes" que pueblan su mundo, la madre, el padre, sus hermanos y sus iguales sobre todo. Sobre ellos se apoyará para conformar por imitación e identificación una imagen de sí mismo que le resulte atractiva y también a los demás y que sea - no obstante- diferente, idiosincrática y reconocible. A esta tarea dedicará diez o a quince años de su vida, aunque podemos afirmar que esta tarea tiene como precursora al reconocimiento de caras y que desde esta facultad el niño hace un salto hacia su propia diferenciación abstracta, pagando la correspondiente cuota de rivalidad y de desamor, de abandono y soledad. También de éxito y popularidad. En ocasiones de conflictos con la ley o con la autoridad, si la identidad que se construye a tientas cae en el campo de la marginalidad o el crimen: identidades negativas que representan antivalores y que muchas veces son el intento desesperado de alguien de construirse una identidad aunque resulte letal e inadaptada.

Esta identidad es pues un acto creativo, plástico, que procede de la facultad de reconocer a los demás a través de su cara y que el sujeto en su alienación de no poderse contemplar como objeto, no tiene más remedio que recurrir a la representación. Una representación mental. construida a golpe de imitaciones, reflejos y refracciones se conservará durante toda la vida, admitiendo pocas desviaciones o redefiniciones mientras conservemos la creencia de que es algo material, que existe dentro nuestro como un órgano. Esta creencia, sin embargo, es benéfica y útil durante el tiempo que el adolescente precisa para anudarse a la tierra, construir un yo diferenciado y evolucionar a partir de esta sólida plataforma hacia otros planos perceptuales. Es obvio que una identidad fuerte y un Yo diferenciados son importantes y necesarios para hacerse un hueco en un mundo donde la competencia y la eficacia son valores compartidos por la mayoría y cuyas reglas de juego interpersonal se basan, sobre todo, en la habilidad para llevar a cabo estrategias para "situarse" en el entramado social. El obstáculo del mundo laboral, encontrar una pareja y fundar una familia son imposibles, sin haber llevado a cabo la fundación de un Yo o una identidad sólidos.

Más allá de estas tareas o en determinados ambientes no competitivos o comunidades que se basan en la cooperación y no en la rivalidad, se pueden hacer algunas excepciones, algunas pausas y trascender nuestra propia identidad, impulsando nuestros modelos perceptuales hasta determinados estadios de conciencia que nos permitan visitar otros mundos y adquirir otras experiencias. El Yo y la identidad unitarios son en realidad un invento bastante reciente si lo comparamos con el periodo de tiempo en que el Yo estaba compuesto por aspectos parciales de la conciencia que coexistian en la misma mente. En este sentido la convicción de que nuestro Yo, existe dentro nuestro y es un soporte de nuestra identidad, como algo material, es en realidad una convicción irracional, que se ha demostrado - no obstante- útil, en un modelo de sociedad competitivo, hostil y que requiera del sujeto una cierta sensación de continuidad sobre sus propias responsabilidades y su conducta.

Más allá de eso, es posible pensar en una existencia alternativa, donde el Yo, no supusiera un centro de gravedad sobre el que navegar, sino sobre un modelo de conciencia que contemplara la realidad desde una perspectiva supraindividual. Realidad de conciencia que lejos de constituir una utopía, es posible de alcanzar a partir del testimonio de otras culturas y de otras experiencias individuales.


La vida del espíritu sobreviene de la muerte previa de la mente. Si aniquilas la mente, el original cobra vida. Aniquilar la mente no significa quietismo, sino concentración total. (Lu- Tung- Pin, El secreto de la flor de oro)


Tal y como los yoguis recomiendan, el camino hacia la felicidad impone la disolución del yo, de la identidad o al menos su relativización. Pero para disolver el Yo, hay que tener antes un yo consolidado, de otra manera el riesgo de psicosis no es desdeñable, al menos en nuestra cultura. Claro, que no se trata de perder la identidad y perderse en un estado de marasmo intelectivo, o de renunciar conscientemente como un zombi a lo que se sabe, se ha sabido o se puede aprender. Disolver el yo, no consiste en volver al automatismo mental, no es una robotización de la existencia, se trata de desplazar el centro de gravedad de la propia existencia hacia un rango jerárquico superior, que algunos han denominado el hombre incoloro (Pantajali), una perfecta metáfora de la falta de deseo.

Muchas veces olvidamos, tal y como ha señalado Naranjo, que el deseo o la aversión proceden de la condición deficitaria del ser humano, mientras que el amor, - que es junto con el desapego, el mejor antídoto contra la desesperación del ansia de poseer (o de evitar)-, proceden ambos de la abundancia.

La ruptura intrapsíquica que representa esta idea budista de disolución del yo es darse (caer en la) cuenta, mediante un entrenamiento al servicio de cualquiera, de que el Ser está en toda la humanidad y que habla, en su multiplicidad, por todas las bocas. Es, darse cuenta, que por encima de las diferencias que nos hemos construido para distinguirnos de los demás, hay más coincidencias que divergencias entre los humanos. Incluso más: que la carga genética que separa al hombre de la mosca del vinagre es mínima y en este sentido todos los seres vivos formamos parte de un mismo proyecto, intencional o arbitrario, en el que compartimos unos mismos materiales con distinta organización, donde los opuestos son categorías reversibles y aspectos complementarios de la misma realidad.

En el terreno práctico, disolver el yo, es escuchar las razones de los demás y no adherirse a las convicciones propias, mucho menos a aquellas que no son más que opiniones trasvestidas de verdades universales. No alimentar convicciones, creencias o ideas rígidas, es el objetivo en la resolución de este enigma, pero es también un éxito conseguir relativizar las propias ideas o razones y dejarnos penetrar por los argumentos ajenos.

Disolver el yo, es destruir las etiquetas que nos sirven de referencia para nuestra propia autoimportancia, pero también para los prejuicios ajenos, fascinados a veces por la titularidad pública de esas mismas etiquetas y que nos sirven de realimentación cuando perdemos el Norte. Los yoguis están convencidos de que la falacia omnipresente de la identidad-etiqueta es la responsable de gran parte del dolor y malestar que los occidentales llamamos neurosis.

sábado, 12 de enero de 2008

¿Alma o Dios?

Al principio sólo hubo un misterio: la muerte, ¿cómo explicarla? ¿qué sucedía cuando el hombre moría?. Todo parece indicar que el cadáver mantiene ciertas similitudes con el hombre vivo, pero todo señala en la dirección de que ha perdido algo y si ha perdido algo ¿dónde está ese algo? ¿dónde se marchó?

El misterio de la muerte, con la conservación temporal del cuerpo “al que falta algo” movió a la conciencia humana a buscar una explicación y esa explicación se basó en lo más evidente: el cadáver ha perdido la respiración en relación al vivo, luego ese algo que perdió tiene que ver con la respiración, con el aliento, no es de extrañar pues que la etimologia del alma proceda de las voces pneuma, elan, spirit o anima o que el chi sea para los chinos equivalente al prana de los indios algo que procede del aire que respiramos. Pero ese algo perdido debe estar en algún lugar y ese lugar no puede tomar otra dirección más que la que toma el humo, una dirección ascendente hacia el cielo, alli deben haber ido pues las almas de los muertos, aquellas que han abandonado al ser vivo. Están en otro sitio y están también en otros seres vivos, aquellos otros seres que presentan similitudes con los vivos: los seres animados que parecen estar vivos igual que los hombres y a diferencia de las rocas o los muertos, inertes: los ríos, los animales, los árboles y hasta la misma tierra y el cielo están vivos y allí debe estar ese principio que abandonó el cuerpo de nuestro semejante ya cadáver.

Lo primero fue pues el principio animado (el alma), lo segundo fue encontrarle un lugar (el resto de seres vivos incluyendo el cielo y las aves). La siguiente suposición procedía de las dos anteriores: el alma que habita ese león, esa serpiente o ese abeto, es la misma o algo parecido a la que habitó a mi antepasado, luego esa alma es inmortal y es además venerable en tanto que contiene elementos de los míos. Nació así el tótem una especie de culto primitivo a algún animal o fuerza natural que prestaba sus atributos a un determinado clan y le ofrecía al mismo tiempo su protección mágica, el tótem inventó al mismo tiempo un vínculo de parentesco antes de que hubiera parentesco propiamente dicho. Un animal era la deidad concreta que se adoraba en un clan cualquiera, se trataba del pensamiento concreto y animista. El hombre permaneció en ese tipo de culto durante eones de tiempo. Primero fue el alma la que se inventó pero luego esa alma precisaba un aposento sagrado, una representación, el tótem, la forma primigenia de Dios protectora del clan. La segunda opción e intercalada con aquella es la esperanza de una próxima reunión: si el alma era inmortal en su trasiego eterno por distintos seres vivos era esperable la reunión con el cuerpo al que perteneció, de ahí el culto a los muertos, hay algo en los cadáveres que es inmortal y que es necesario preservar en espera de aquella unificación, por eso, los cadáveres merecen una ceremonia, el enterramiento para protegerlos de la acción de la intemperie y las alimañas.

La secuencia de estos eventos es pues la siguiente:

1.- Un principio animado

2.- La suposición de que un cadáver debe preservarse

3.- Un lugar donde moran estos principios animados

4.- Un protodios -el tótem- que protege al clan y que tiene que ver con el espíritu guía donde moran los atributos de la tribu.

Quien inventó esta secuencia estaba inventando sin saberlo una protocomunidad de intereses, un clan presido por un tótem protector que era a la vez depositario de todos los espiritus individuales que moraban en los individuos concretos. Aun Dios y el alma eran la misma cosa y permanecerían unidos un largo tiempo.

No obstante en los entornos en los que se desarrollaba la vida de los hombres primitivos era poco probable que estuvieran todo el tiempo pensando en estos temas profundos, más probablemente estaban ocupados en el “ahí afuera” es decir lo que ocurría en su inmediato entorno: la amenaza de las fieras, las hambrunas y la necesidad de proporcionarse proteínas animales, el frío, los animales ponzoñosos, etc. De manera que la disociación entre afuera y adentro fue probablemente la primera escisión que se produjo en la conciencia humana, quizá anterior a la escisión que le seguiría en importancia: la que implicaba una separación entre el alma y Dios y que muy probablemente no se estableció hasta la llegada de los estoicos con Heráclito a la cabeza y su concepto de daimon .

Los dioses fueron evolucionando desde lo concreto (animales, vegetales o matronas preñadas) a otros más abstractos como los que conocemos a través de la mitología griega o hebrea, babilonica, asiria o hindú, algunos tan abstractos que no poseen culto o representación como Yahvé, Alah o las mismas Erinias griegas. Este salto en la subjetividad humana tuvo lugar en algún momento de la era axial (entre el siglo VIII y el siglo IV) antes de Cristo ya en plena revolución agrícola. Ahí aparecen los escritos de la Biblia, la Teogonia de Hesiodo, los poemas épicos de Homero, Confucio, Lao-tsé y el Tao y Buda. Algo sucedió en esa época para que se acumulara tanto saber. En conjunto podemos afirmar que a partir de ese momento dioses y hombres compartieron escenario, esperanzas y aventuras con dos clases de creencias fundamentales:

1.- El hombre ha sido creado por Dios

2.- El hombre es portador de una naturaleza semejante a la divina (panteísmo)

Existen sin embargo dos excepciones: la religión helénica y el budismo. En la primera el hombre no es creado por Dios sino que es su coetáneo con el que mantiene pleitos constantes y diferencias de criterio fundamentales, en la segunda Dios simplemente no existe sino que e sun atributo del hombre iluminado. En este momento pues podemos observar como la evolución de la subjetividad humana existe una bifurcación: por una parte los que consideran que el alma, aquel principio animado que los hombres inventaran para explicar la diferencia entre la vida y la muerte es parte de Dios o su creación y en otra aquellas religiones donde el alma es intrínseca al humano y no pertenece a Dios, aunque los dioses tienen frente al “eidolon” alguna jurisdicción, sin embargo en el budismo solo las buenas obras de la vida tienen interés para alcanzar el Nirvana que es aquel estado donde el alma por fin se disuelve agotada en su lento tránsito de cuerpo en cuerpo. Buda en oriente y Heraclito en occidente inventan el viaje hacia dentro, la vuelta hacia si mismo, la búsqueda interior.

Dicho de otra manera, entre Dios y el alma existe una enorme tensión, no son la misma cosa, y además inducen una práctica diferente, una virtud cívica y espiritual bastante distinta, por ejemplo si ponemos el énfasis en el alma (esoterismo) estamos poniendo el acento sobre nuestra búsqueda interior, pero si lo ponemos en Dios (exoterismo) estamos poniendo el énfasis en el rito, el precepto y la ceremonia a través del designio. Los griegos -por ejemplo- se relacionaban con Dios a través de los sacrificios, que eran además privados y por así decir domésticos, no precisaban ningún tipo de mediación, por eso los sacerdotes griegos no fueron nunca tan poderosos como los hebreos y qué decir de los monjes tibetanos que ensayan una y otra vez la vía interior sin jerarquías ni mediadores entre ellos y el alma.

A la vía interior se la conoce como vía esotérica y a la vía del precepto se la conoce como vía exóterica y se hallan en guerra desde el principio de la humanidad, porque como pueden imaginar aquellos que privilegian la vía exterior tienen mucho interés en seguir acumulando poder gracias a sus labores de mediación.

Pero había otra guerra en marcha simultáneamente a la anterior, una guerra que es posible rastrear en las diferencias fislosóficas entre Platón y Aristóteles su discípulo. Platón estaba interesado en cuestiones diríamos hoy esotéricas, el perfeccionamiento individual y político del hombre a través del autoconocimiento, pero Aristóteles estaba sobre todo interesado en saber como funcionaba el mundo: la primera catalogación de las especies animales es debida precisamente a Aristóteles al que se considera animado de lo que hoy llamaríamos un principio de observación científica, por ejemplo Aristóteles estaba muy interesado en saber cual era el mejor modo de funcionamiento político para lo que mandó emisarios a múltiples ciudades de todo el mediterráneo para que explorarán todos y cada uno de estos regímenes. Concluyó que ninguno era perfecto, pero lo que interesa recordar es que Aristóteles instituyó el método científico, la observación, experimentación del mundo de ahí afuera. Aristóteles era de ciencias y Platón de letras por así decir.

Desde entonces las tensiones entre afuera-adentro y las tensiones entre Dios-alma presiden el pensamiento y la subjetividad humanas. Los partidarios de Dios y los partidarios del ahí-afuera son mayoría. Los primeros son personas son personas que dudan, obstruyen y reniegan de la ciencia y que por supuesto desconfían de la vía esóterica tremendamente individual. Son en realidad y han sido a través de la historia los principales enemigos del progreso y señalo a las religiones monoteistas entre las principales obstructoras, hoy lo vemos en el Islam pero en la Edad media eran los cristianos los principales obstructores, aunque las tres religiones se encargaron en el siglo XII de cargarse a los sufíes que representaban la vía esotérica en clave ecuménica puesto que había sufíes que eran tanto cristianos como musulmanes o hebreos. Por no hablar de la declaración de herejía y exterminio que la Iglesia católica dictó contra los gnósticos ya en el siglo I de nuestra era. Desde entonces el gnosticismo se refugió en la poesía, en el arte y en la literatura.

Los partidarios del ahí afuera por el contrario suelen ser enemigos acérrimos de la via esotérica y de la búsqueda interior pero curiosamente no tanto de Dios o de los preceptos, carecen por tanto de espiritualidad, de introspección y de una subjetividad o autoconciencia definida. Son personas orientadas hacia el mundo y hacia la realidad concreta, desprecian a las personas que se cuestionan la vida en clave espiritual y son materialistas y adaptados a las condiciones de vida impuestas por un mundo que ha renegado de lo espiritual aunque pueden mantener y de hecho mantienen cultos formales, sosteniendo a veces posturas pseudoreligiosas como oponerse al aborto o a la eutanasia.

¿Pero cómo es posible que esta bifurcación original se haya sostenido tan largo tiempo después de que esas ideas se formularan ya en la antigua Grecia?

La historia del progreso no ha sido en absoluto uniforme, la historia de la búsqueda interior tampoco lo ha tenido fácil. Es posible afirmar que ambas ideas se encuentran en guerra permanente y que hasta ahora los que van ganando la partida son los teistas y los materialistas, frente a los espitualistas y a los libre pensadores.

Pero lo cierto es que a pesar del retraso que llevamos en conocer el desenlace de estas guerras, a trancas y barrancas en un lugar llamado Europa la ciencia siguió avanzando y lo hizo precisamente en aquel lugar donde el cristianismo había logrado ser la religión hegemónica. ¿La razón? Pues porque además de sus defectos obstructores sobre la razón, el cristianismo tenía un imponente legado político y religioso: tenía un imperio heredado de Roma con unidad administrativa y jurídica, con buenas comunicaciones y cohesionado sobre el que se levantó la Europa política que conocemos hoy, sede del progreso, del bienestar y de la riqueza, un progreso y bienestar que no es ajeno a la abolición de las monarquias absolutistas que se lograron en Inglaterra en el XVII con la revolución liberal. El rey como representante de Dios quedó abolido y hoy en ninguna parte de Europa incluyendo a las Monarquias parlamentarias se le adjudica al Rey un papel hegemónico en el destino de sus súbditos. Gracias a la revolución liberal, somos ciudadanos y con todos los defectos de nuestras democracias vivimos en lugares donde el ciudadano tiene sus derechos garantizados. Por otra parte el cristianismo inventó la individualidad, precursora de la competitividad que profundizaron los protestantes hasta el paroxismo, eliminó la fatalidad griega (Ananké) y la predestinación (que mantienen los musulmanes y los calvinistas) y proyectó al hombre hacia dentro, haciéndole responsable de si mismo a través del libre albedrío. Mantuvo hasta donde pudo la censura sobre las ideas y las supersticiones pero poco a poco fue debilitándose, primero con la Reforma y secundariamente con las guerras de religión y la Inquisición que desmembró a la Iglesia dejándola en el punto en que la conocemos hoy, aunque aun siguen habiendo tentativas de una vuelta atrás sobre todo en USA (creacionismo versus darwinismo) y las seguirá habiendo porque la historia no es lineal sino en cierto modo caótica.

El asunto está de la siguiente manera: hoy ya no llamamos alma al alma, sino que le llamamos mente, inconsciente, capacidad de introspección, conciencia, amigdala, autoestima y otras metáforas que remiten a la misma realidad: un principio que anima la materia y que tiene sus propias leyes aun procediendo (emergiendo) de la materia. La historia del alma es una historia de progresos y retrocesos porque cuesta creer que en pleno siglo de la Razón, me refiero al XVIII, Descartes mantuviera aun la separación entre cuerpo y alma y renegara del todo de lo que no se ve, del alma, ahí comienza precisamente el desvarío de la ciencia que ha dejado todo el espacio a los reformistas de la fé. Porque claro, la gente en el fondo lo que quiere es tener certezas (sobre todo los que se ocupan del ahí afuera) y cada vez hay menos en las que creer, por eso la gente se refugia en las contradicciones del progreso y de la ciencia. El temor a las ondas electromagnéticas, a los pesticidas o a los transgénicos con la sensación de que estamos siendo envenenados con productos industriales, fármacos tóxicos peligrosos o alimentos adulterados ha reemplazado a los tabués religiosos o al sacrificio ritual. Hay parte de verdad en esta suposición pero también es verdad que es precisamente en Europa donde se practican los controles más eficaces para que estas cosas no sucedan. Pero a la gente no le importa el Estado, lo que le importa son sus creencias, y la gente necesita Dios, a un Dios y si no lo puede alcanzar por la via exóterica porque ya nadie cree en los rituales o en las liturgias cristianas lo busca por la via esóterica a través de creencias irracionales. Mirar hacia dentro expande la conciencia pero ahí no hay tampoco ningún Dios salvo que pactemos que el hombre es un Dios en si mismo lo que nos devuelve al panteísmo original de algunas religiones primitivas. La gran lucha es entre Dios y el hombre, entre el Estado y el hombre, entre la ciencia y el hombre.

La solución a este dilema la leí en un libro el otro día: “Si quiere usted saber algo sobre si mismo visite el zoológico y abandone el convento”.

Es decir la gran paradoja en la que vive el hombre contemporáneo es que por una parte ha acumulado demasiado saber científico que debido a sus carencias espirituales no ha podido integrar inventando un hombre cartesiano enjaulado en “lo científico” incapaz de mirar hacia su interior, por otra parte también existe aquel que ha profundizado ya demasiado en si mismo y se ha perdido la oportunidad de vivir la vida: talleres de autoestima y de danza del vientre, relajación, yoga, tai-chi, Batukas y respiración holotrópica, drogas de síntesis y setas alucinógenas, todo esto es de una manera u otra el nacimiento de una nueva religión (la new age), enfrentada a sus enemigos de siempre con otros ropajes distintos al hábito que ya no viven en conventos sino que comparten catedra universitaria. Pero la new age en si misma es también una vuelta atrás, porque en el fondo de todo esto hay una búsqueda de alguien que proporcione las sincronías que la ciencia nunca podrá proporcionar, porque una vez conocido todo el genoma humano ¿qué haremos para protegernos de las enfermedades sin base orgánica o con aquellas adquiridas en el curso de la vida sin origen genético? ¿dónde colgaremos el sufrimiento individual? ¿qué haremos con los fardos que nos coloquen nuestros antepasados?

O sea que la new age es una nueva religión emergente que reniega de Dios pero esconde la ilusión de que existe un Dios arquitecto que coordina todo lo viviente, que no interviene casi nada en la vida de los hombres pero que mantiene un plan para la especie humana, un plan que compartimos al parecer con todo el cosmos. Tiene la ventaja de que no tiene liturgias compartidas y que cada uno puede inventarse a su medida una secta para si mismo y reclutar unos pocos seguidores que en la base de sus creencias siguen siendo teistas y manteniendo en secreto relaciones especiales con algún Dios hecho a su medida. Su peligro es que además de renegar de un Dios formal reniega también y desconfía de la ciencia, aquella que se basa en los principios aristotélicos de la observación y la experimentación que es a fin de cuentas la única que permite todo aquel progreso que hace que tengamos Internet y escribir post como este.

Y que usted los lea.


viernes, 14 de diciembre de 2007

¿Qué es la resiliencia?: un cuento

A los 4 años de edad J.J. Cole tenía a su padre en la cárcel y a su madre alcoholizada, de manera que su hogar no era propiamente un hogar sino un lugar de paso donde era atendido por una abuela probablemente catatónica y mutista que rodeó a su nieto de ciertos cuidados maternales aunque deprivado de palabras, gestos o expresividad emocional, un ambiente de crianza presidido por un vacío de estímulos significativos aunque no ausente de cierta afectividad. Silencios que se tornaban en gritos, discusiones y peleas durante la noche cuando su madre volvía a casa degradada por el consumo de alcohol y una vida de absoluta miseria. JJ Cole comenzó como todos los niños imaginativos o ensoñadores a tejer una historia sustitutiva acerca de un supuesto origen aristocrático. El no era en realidad hijo de sus padres sino de una familia muy rica de músicos de jazz que vivía al otro extremo de la ciudad, había atisbado que su madre hablaba alguna vez con aquella señora a la que por otra parte en ocasiones había servido en las tareas domesticas de limpieza. Ese ligero indicio dio a JJ Cole la malla de su mito fundacional, un mito que le ayudó a resistir las condiciones de su miserable vida y que contó a todos los amigos de su barrio que quisieron oírlo. Al mismo tiempo JJ. comenzó a tocar de oído el saxo de su padre, al que poco a poco comenzó a entresacar un sonido aceptable, siempre a escondidas porque su madre irritable y colérica no soportaba el sonido de ningún instrumento musical, en la calle y gracias a algunos músicos ambulantes JJ comenzó a perfeccionar su técnica musical y a aprender algunas ruedas y sucesiones rítmicas, sin embargo el saxo no consiguió apartarle de sus fantasías nocturnas y de sus relatos acerca de su origen que cada vez fue tejiendo con una mayor prolijidad de detalles y que difundía entre su vecindario.

Cuando contaba 9 años de edad su abuela murió y su madre desapareció del hogar abandonando a JJ a su suerte. Intervinieron los servicios sociales y llevaron al pequeño a una institución del Estado plagada de niños como él, huérfanos, aprendices de delincuentes, pero también de pequeños talentos musicales del jazz o del blues. Allí terminó JJ de pulir su técnica imitando a los niños mayores y tocando con otros instrumentos de banda de New Orleans, más tarde se enroló en la orquesta de su reformatorio y consiguió entablar amistad con un profesor que en cuanto le oyó tocar su saxo le preguntó:

- ¿Eso que tocas es "Take five"?

JJ no sabia el nombre de ninguno de los temas que tocaba en su saxo, pero el profesor si los conocía, de modo que no sólo le explicó a JJ qué es lo que estaba tocando sino también como tocar mejor, extrayendo nuevas sonoridades a tan elástico instrumento al que comparaba con la textura del melocotón. El profesor le trajo un día un melocotón, una fruta que jamás había probado, pero la intención del profesor no era que JJ se comiera el melocotón sino que lo tocara, cuando lo hubo hecho, le dijo:

- Así tienes que tocar el saxo, con esta textura, guardalo por unos días y luego te lo comes, los melocotones se pueden sustituir.

A partir de entonces JJ, ya tenía dos elementos en la realidad que coincidían con su deseo de brillo y de relieve social, sabia que el melocotón era un objeto significativo para él, una especie de mascota de buena suerte y sabía además tocar el saxo, naturalmente también podía contar con su amable profesor que fue el puente de resiliencia que apareció en el momento adecuado y en el lugar más inesperado para brindarle una herramienta para hacer realidad sus sueños.

Cuando JJ triunfó como saxofonista de jazz ya había abandonado su mito fundacional, no volvió a hablar de ello jamás y se había reconciliado con su padre y con su madre a los que no volvió a ver jamás pero a los que recordaba con cariño y sin muestra alguna de rencor.

En este cuento relatado por una persona que conoci en situación no clinica se ilustra la resiliencia y donde puede explorarse la función terapéutica del relato, que puede resumirse –según la tecnología PPR– en tres aspectos:

- P, hay un personaje, usualmente un niño traumatizado o herido, donde pueden incorporarse todas las variantes sutiles del sufrimiento humano, en este caso la deprivación o el vacío afectivo.

- P, hay un proyecto, es decir el niño tiene un plan para escapar de su situación de anonimato, desgracia o sufrimiento, en este caso el relato autobiográfico sustitutivo que es útil en tanto confiere al niño herido de una nueva identidad que le permite escapar a su ambiente de vacío y de privación.

- R, hay recursos en el medio ambiente que permiten escapar mejor de aquella situación, concretamente el saxo que orienta al individuo hacia otras formas de resiliencia, la creatividad. Pero el saxo por si sólo, ni toda la creatividad del mundo, no hubieran tenido el resultado que se obtuvo en este caso de no darse el concurso de un objeto transicional, el profesor, que brinda al niño sufriente a partir de un gesto banal, comparar el saxo con un melocotón vincular el mundo sensorial del niño con el oficio de saxofonista.

Asi sonaba el saxo de JJ Cole tocando "Take five" de Dave Brubeck.






sábado, 10 de noviembre de 2007

¿Qué es un meme?

El concepto de meme (mime) se debe a Dawkins, un sociobiólogo más conocido por su labor divulgativa desde la aparición de su best seller. "El gen egoista", y que puede definirse como un replicante cultural en definitiva una metáfora del gen: ideas, cancioncillas, creencias, costumbres étnicas, etc. A diferencia de los genes no están contenidos en el patrimonio genético sino en el acervo cultural.

. Los memes en este sentido son genes culturales pero la cultura y la biología en el hombre son la misma cosa o al menos se hallan tan yuxtapuestas que no es difícil confundirlas entre sí. No podemos hacer una abstracción de la una a favor de la otra, ni podemos llegar a discriminar qué es una conducta genéticamente determinada de una sociogénesis cultural, de otro modo el hombre tendría las mismas enfermedades que los animales y no es así , aunque también puede enfermar por las mismas causas que aquellos el proceso de hominización y de simbolización añade una nueva dimensión al sufrimiento humano.

En realidad un meme es otra forma de replicación distinta a la reproducción sexual o asexual, es una replicación por mimetismo: de cerebro a cerebro, en lugar de cuerpo a cuerpo, una replicación que casi nunca es exacta como sucede en los genes ya que tropieza constantemente con la interpretación, modelado y "output" del receptor. No utiliza gametos sino la comunicación humana para su replicación, concretamente el lenguaje.

Susan Blakemore es la que más sabe de memética en el mundo, vale la pena leer este articulo suyo, publicado aqui.

Vale la pena tambien esta entrevista que le hizo Eduardo Punset en su casi clandestino programa "Redes". Puedes verlo pinchando aqui.

El lector para mejor comprensión de qué cosa es un meme tendrá necesariamente que ver este video y tratar de repetir el estribillo de la canción que propongo y compararla más tarde con el monólogo completo de Hamlet para entender la diferencia que existe entre un meme maligno y egoista con un meme benefactor para la humanidad tal y como propuso Shakespeare. Obsérvese no obstante que aunque el "aserejé" es fácil de decir y cantar, los cerebros individuales saturados de chorradas solo pueden retenerlo unas semanas o meses. Una cosa por la otra.

miércoles, 31 de octubre de 2007

La palabra sagrada

Las notas musicales, tomadas de una en una no significan nada, porque el cerebro (nuestro hemisferio izquierdo) está diseñado para reconocer patrones y no notas sueltas, sin embargo tomando las notas de una en una es posible hacerlas funcionar como un mantra, como una vibración (aksara), algo que se opone al Logos (palabra) y desposeerlas de su poder contextualizador, asociativo, es entonces cuando el cerebro izquierdo se amortigua y con él la capacidad reflexiva que nos impide apresar las grandes verdades que se ocultan tras lo incierto, lo impreciso, lo analógico.

Toda la música se basa en la repetición, sin repetición no habría evocación y por lo tanto sería dificil para el profano distinguir una melodia de otra, por eso las canciones populares tienen un estribillo que se repite al menos dos veces con distinta letra, esa repetición es la esencia misma de la música que se aprovecha de la capacidad del cerebro izquierdo para reconocer patrones. Algo más complejo es el caso del mantra de Hey Jude, de los Beatles, que se repite al final de la canción en aquel lalalalalalalala que se ha hecho famoso y que supone una ruptura canónica con la musica ligera, aqui los Beatles toman el mantra como principio de repetición y lo hacen al final de una canción que por otra parte tiene una estructura muy convencional.

Esta:





Pero el lenguaje convencional es fraudulento, engañoso y pocas personas saben que cuando hablan o piensan en realidad están rindiendo honores a la dramaturgia. Novalis lo dijo afirmando que "hablar por hablar es lo unico que podemos hacer de serio en la vida", se referia a las conversaciones banales, improvisadas, antiutilitarias, esas que mantenemos en la cafeteria o en la peluqueria. Hay más rigor ahi que en todos los discursos, comentarios, foros o conferencias, porque ahi está la simulación plenamente instalada y reconocida, no existe disociación entre el Yo que habla-piensa y el espectador que sonrie, o se muere de risa.

Dice Novalis:


"Causa sorpresa que la gente en virtud de un risible error crea que habla por las cosas mismas"


Efectivamente las cosas mismas no hablan, están mudas, porque es el ser consciente quien habla, quien recrea, quien entona o declama, el depositario del énfasis, de la silaba desde donde emanan el resto de sonidos que encadenados entre si tejen una trama con sentido, con sentido semántico, Fuera de la forma, fuera de la literatura no existe sino conversaciónes banales, pero tambien existe el aksara, la vibración sagrada, matriz de todas las formas, un silencio que opera como pantalla de los significados, de todos los significados, es por eso que el silencio es tan intolerable y es por eso que el silencio en ocasiones es mortifero como una arma cargada de infinitas intenciones, aquel que sólo habla y nunca escribió o calló, no terminó de meterse en el yugo que encadena los bueyes a las formas y es prisionero de la normalidad.

martes, 18 de septiembre de 2007

Mito y relaciones con la divinidad

El mito es como un mapa que señala el camino, un mapa de la vida y sus conflictos y obstáculos y lo hace con frecuencia hablando de nuestros orígenes, no se ocupa de un Yo individual y mucho menos de un Yo vulgar o intrascendente, habla del sino de la propia Humanidad tomada en su conjunto y de su destino y lo hace “desde un tiempo aquel” en que ni la historia, ni el tiempo cronológico ni sus instrumentos de transmisión se habían establecido o desarrollado. El mito no responde a preguntas del tipo del por qué o del cómo sino desde dónde (Kerenyi, 1994), habla pues de lo ancestral, lo primigenio, del origen, de la memoria de nuestra especie antes de que hubiera propiamente memoria histórica; el mito en este sentido es un precursor del relato íntimo individual y nos está hablando de los hallazgos de los primeros planos de subjetividad que los humanos desarrollamos en nuestro trasiego con el mundo.

La mitología se explica por si misma y explica todo lo que en el mundo es, no porque se haya inventado para proporcionar explicaciones sino porque tiene la cualidad de ser explicativa (Kerenyi 1994)

Así los mitos suelen hablar de la creación del mundo y de sagas y luchas de dioses, de aventuras de héroes trasnochados y de pérdidas, desgracias familiares, abusos sexuales, torturas y castigos a los que osaron transgredir determinados limites, los mitos no cuentan la historia de una persona corriente sino usualmente de un héroe, de un semidios dotado de una persistencia, fuerza y voluntad superiores a la de las personas comunes, usualmente un camino o viaje estereotipado:

El viaje del heroe segun Campbell

El mito tiene pues un propósito indicativo y fundacional de la historia individual al señalar nuestros orígenes y un propósito normativo que dibuja los limites y las consecuencias de la transgresión, pero también los efectos secundarios de la gesta: la recompensa que usualmente es una ganancia de conocimiento, prosperidad o felicidad. En definitiva el mito tiene un propósito moral o aleccionador, es además noético, sirve al plan o propósito del conocimiento en estado puro, allí donde cualquier conocimiento es imposible y representa un estadio –el más rudimentario– de la conciencia humana, propone determinados recursos a sus héroes y heroínas, y metafóricamente da a entender que los dilemas con que se enfrentan los protagonistas pueden llegarse a resolver aunque aparezcan casi siempre teñidos de fatalidad, una fatalidad que se señala –como en la tragedia– para que no suceda en la realidad, como una advertencia. Quizá por esta razón la mayor parte de los mitos no tienen un final feliz, su propósito de señalización es a veces la parte trágica que no vamos a encontrar en el cuento con intención terapéutica.El cuento por el contrario tiene un propósito aleccionador y desvela las dificultades de individuos comunes con tragedias particulares y reconocibles. Sus peripecias no son pues como en el mito, un señalamiento de la parte trágica que es necesario evitar; al contrario, el cuento lo que propone es que el individuo desgraciado encuentre guías de resiliencia para salir al paso de las dificultades, casi siempre el cuento tiene pues un final feliz, o al menos un final ambiguo, evitando en todo momento el desenlace trágico del mito.

Los humanos contamos historias, nos las contamos y se las contamos a otros. Estas historias tienen una enorme importancia porque señalan aquellas asociaciones, aquellos condicionamientos que cada Yo ha tenido que sortear en su vida. De esa narrativa individual que construyen los pacientes podemos extraer - de forma hermeneutica- las conclusiones acerca del malestar que presentan. Casi nadie es demasiado consciente de que su narrativa está condicionada por su experiencia, pues una de las condiciones del pensamiento mecánico es precisamente la pretensión de originalidad, la sensación de tener razón, la vivencia personal de inevitabilidad. Casi nadie es capaz de intuir al libre albedrio detrás de una opción u otra y casi todo el mundo parece creer en la fatalidad, en la buena o mala suerte, en el azar. Pero todos construyen una narrativa autojustificadora, no es de extrañar porque la finalidad de cualquier narrativa es aumentar el espacio de seguridad de la mente propia aun a costa del sufrimiento.
En este sentido la narrativa individual es la heredera del mito, más que eso es un subproducto del mismo. Los mecanismos que mantienen al sujeto prisionero en su narrativa son los mismos que le hacen prisionero en su existencia: se trata de la adherencia a un relato mecánico, estereotipado, trufado de creencias, de errores cognitivos y de generalizaciones, de ideas sobrevaloradas y de autoengaños: de mitos individuales paralelos a los grandes temas de los que se habla en la mitografia: la madre y su hijo perdido (Demeter), el deseo de construirse una mujer ideal (Pigmalion), el padre terrible o el padre celoso (Cronos), el hijo en busca del principio masculino (Edipo o Parsifal), la hija mancillada (Persefone), la mujer bella sin pretendientes (Psiqué), la mujer engañada por los hombres (Ariadna), el hombre que abandona a su mujer maga (Jason), la hija del padre (Atenea), la madre celosa (Hera), el hijo preferido (Zeus), las desavenencias entre hermanos (José). Se trata de los grandes temas de la Humanidad en su conjunto los que se encuentran vigentes en la memoria de los hombres actuales y no es de extrañar porque la memoria no es sólo la memoria individual sino la memoria colectiva, del periplo de nuestra especie a través de las sucesivas subjetividades inventadas por los humanos.
Una caracteristica del Sapiens es su tendencia a arrancar nuevas subjetividades del comun de la colectividad a la que pertenece, el hombre es un arquitecto de simbolos y como en el caso de Lucy estas mutaciones evolutivas no aparecen en toda la especie al mismo tiempo, hoy sabemos que las modificaciones del genoma se producen en los individuos puntuales y no en las colectividades, si esas modificaciones son ventajosas se transmiten al resto de la población y si son desventajosas se extinguen. Todo parece indicar que en el mundo de la subjetividad - en la mente- sucede algo muy parecido hasta tal punto que algunos autores han propuesto el termino "meme" para definir a aquellas ideas que se transmiten y operan del mismo modo que los genes. Lo nuevo aparece en un individuo concreto y tarda varias generaciones en manifestarse.
Tambien parece que a los dioses sin embargo les interesa mantener a los humanos en una cierta restricción. Cualquier nueva subjetividad siempre es arrancada a la divinidad después de una enorme aventura llena de peligros y castigos. Prometeo es el paradigma de aquel que se pone definitivamente de parte de los hombres en sus pendencias con Zeus. Los dioses están permanentemente desencantados con la humanidad, tanto Yahvé como Zeus aparecen con frecuencia ofendidos por el cariz que toman las cosas cuando los hombres van más allá de lo que seria de esperar. Los castigos son de proporciones apocalipticas, Babel, el diluvio universal, Sodoma y Gomorra o la guerra de Troya son ejemplos de las consecuencias que tienen para la humanidad el que los dioses intervengan en las cosas humanas. No hay que olvidar que la hybris, el mayor pecado para un griego era algo asi como la vanidad del que se compara o cree ser un Dios. En la mitología hebrea por ejemplo el mayor pecado no es tanto creerse Dios sino nombralo o representarlo en imágenes. Los hebreos fueron muy pronto conscientes de que la idea de Dios, para perdurar e interiorizarse, debia separarse de las imágenes y de los nombres (que son otra forma de representación), los hebreos pretendian librarse de esa manera de una idolatría múltiple que imposibilitaba la unidad politica. Es verdad que lo consiguieron aunque a costa de hacer al hombre más dependiente y más temeroso de su Dios, una condición ajena al mundo helénico donde hombres y dioses se relacionaban a través del sacrificio. Si las proteinas animales eran buenas para el hombre tambien deberian serlo para los dioses, asi razonaban los aqueos, un pacto que funcionó hasta el advenimiento del cristianismo y la caida del Imperio romano.
Desde entonces el sacrificio que era el método de relación entre los hombres y los dioses se transformó en el único sacrificio del hijo de Dios renovado en cada eucaristía. Una transformación para la conciencia humana en tanto que introdujo mediadores entre los hombres y Dios secuestrando aquella relación directa y casi familiar y sustituyéndola por un rito mediado por una casta de sacerdotes, los iniciados.

martes, 31 de julio de 2007

¿Qué hacer con la castración?

La condición de lo humano es la incompletud.
Podemos decidir no nacer, podemos decidir no hablar, pero si nacemos nos daremos de bruces con lo Otro, eso que pondrá nombre a nuestras sensaciones y lo hará desde un lugar privilegiado: desde el lugar del espejo que hará emerger nuestro Yo de ese fondo indiferenciado que es la animalidad, de la "cosa en sí" kantiana. Pondrá palabras a nuestro mundo y entonces entraremos en el lenguaje, nos encontraremos inevitablemente con él de tal manera que saldremos heridos de ese encuentro, partidos en dos, escindidos, seremos desde entonces sujetos y advendremos al orden de la cultura. El lenguaje nos envolverá como una burbuja y pondrá limites y horizontes a nuestra experiencia, desde entonces seremos dos: Yo y un otro que mantendremos un discurso paralelo que existirá aunque estemos callados, aunque estemos mudos, aunque no queramos hablar, porque el lenguaje no es una herramienta de comunicación sino una cesta que nos contiene y nosotros somos como Moisés y navegamos por un rio que es el lugar donde se deslizan los significantes, puesto que un significante nos lleva a otro y asi hasta el infinito y siempre en un desfiladero con paredes inescalables, irreductibles guiados por el deseo.
Y esa incompletud nos hace sufrir y nos hace operar para eludir la verdad y la mentira que encierran las palabras, puesto que no existen palabras fuera del discurso y ahora seremos sujetos y después entes deseantes, pero siempre mantendremos con nuestro deseo una relación ambivalente de amor u odio. Y lo disfrazaremos, lo ocultaremos o lo sustituiremos.
Podemos hacer dos cosas con esa incompletud, con esa barra, con esa falta que nos parte en dos, o bien la aceptamos o bien no la aceptamos. Si no la aceptamos (forclusión) nos convertimos en psicóticos y si la aceptamos podemos hacer dos cosas con ese dolor que nos parte en dos y que llamamos castración:
  • o la reprimimos
  • o la denegamos
Reprimir es suprimir algo que estuvo allí y que sigue estando pero cuyo saber no llegamos a alcanzar puesto que se encuentra en algun lugar del inconsciente donde no resulta accesible salvo cuando la represión se debilita, es un saber sabido que se encuentra olvidado. Reprimir es lo que hace el neurótico, es lo que hacemos casi todos.
Denegar es hacer como si no existiera algo que está alli. Uno vive como si ese algo no existiera, es la posición del cínico o del perverso.
Cada uno de estos mecanismo genéricos de defensa representa una estructura psíquica y nos salen entonces tres estructuras clinicas universales: la neurótica, la perversa y la psicótica.
Las enfermedades mentales no son enfermedades naturales sino inventos para explicar la alienación en la que nacemos todos los humanos divididos por el lenguaje, inventos como la bombilla que sin electricidad no tendria razón alguna, asi es la locura: sin lenguaje simplemente no existiría. Las enfermedades mentales no son entidades como las plantas o los gusanos sino estructuras sometidas a torsión a partir de fenomenos defensivos que el individuo elije sin saber sus consecuencias. Pero está en su libre albedrio operar con este mecanismo y no con cualquier otro, los mecanismos de defensa son irreductibles y no se corresponden con mecanismo neurobiológico alguno.
Las enfermedades mentales ni son enfermedades ni están en el cerebro sino en la cultura.

Editoriales

Mito, narrativa y salud mental

↑