martes, 6 de marzo de 2007

Dignidad:un psicocuento

Hubo una isla en mitad del ancho océano, lo suficiente alejada del continente para que en ella se desarrollara una sociedad bastante distinta a la que nos tienen acostumbrados el hábito y la tradición, en ella no se impartía justicia sino dignidad y por eso la isla se conocía con ese nombre: la isla de Dignidad.
En ella vivía una mujer llamada Rencorosa que era evitada por todos sus vecinos por su mal carácter. La causa de este mal carácter era que Rencorosa había sufrido una ofensa allá en su juventud a causa de la cual vivía aislada en un constante mal humor, sus ataques de cólera y su escasa sociabilidad hacían que todos los habitantes de la isla se mantuvieran alejados de ella y de su casa. Con ella vivían tres hijas, a la mayor se llamaba Venganza, la mediana Perdón y la pequeña era Olvido, las tres habían recibido sus nombres en función de sus inclinaciones naturales que eran congruentes con su estilo a la hora de afrontar las ofensas, así Venganza era partidaria de devolver los golpes, Perdón – por el contrario– se apresuraba a perdonar antes incluso de que el ofensor hubiera confesado su ofensa, Olvido era partidaria de olvidarse de todo y de no dar importancia a nada. Aun habiéndose educado en la misma casa y teniendo a la misma madre como educadora cada una de ellas había desarrollado un aspecto diferente de su carácter, aunque las tres se encontraban desesperadas por encontrar la razón de la desgracia de su madre.
Pero Rencorosa era incapaz de recordar qué clase de ofensa había sufrido y quién se la había inflingido, aunque este desconocimiento no era obstáculo para que estuviera absolutamente segura de que había sido ofendida y que reclamara para si, una restitución en su honor, así como un castigo para su ofensor.
Un día Rencorosa enfermó gravemente y las hijas asustadas llamaron al médico. Una vez visitada la enferma el médico emitió su diagnostico: Rencorosa ha enfermado de rencor y la medicina nada puede hacer para curarla o aliviarla, la única solución es consultar con el Rey.
- Pero el Rey de esta isla no imparte justicia, y mi madre necesita, justicia, -alegaron las tres hermanas al unísono.
El médico hizo oídos sordos a las quejas de las tres hermanas y les repitió que la medicina era incapaz de curar aquel mal y que la única solución para Rencorosa era que las tres hermanas se presentaran ante el rey y pidieran a su Dignidad que les concediera la solución para su mal.
Las tres hermanas, después de pensar mucho sobre el contenido de esta conversación y de expresar sus dudas de que sin justicia el Rey pudiera hacer algo para salvar la vida de su madre se dispusieron al largo viaje, pues el palacio del rey se encontraba al otro lado de la isla.
Al cabo de varios días de viaje y algunos de espera se presentaron ante el Rey y le explicaron el problema. Ellas ya suponían de antemano que el Rey no podría complacerlas porque no se conocía ni el nombre del ofensor ni la clase de ofensa recibida, pero el Rey después de escucharlas las despidió y les anunció que al día siguiente tendría preparada la solución, aunque les advirtió de que la curación de su madre requeriría de un sacrificio especial por cada una de ellas. Las hermanas aceptaron la espera y aseguraron al Rey que a la hora de la siguiente recepción acudirían puntuales a la cita. Se mostraron igualmente dispuestas a hacer cuantos sacrificios fueran necesarios para salvar la vida de su madre Rencorosa.
El rey se retiró a sus aposentos y recibió uno a uno a todos sus consejeros para repasar los asuntos del día, al llegar al caso de las tres hermanas hijas de Rencorosa los consejeros estuvieron de acuerdo en que el caso de Rencorosa era imposible de resolver, pues no se conocía nada del ofensor ni de la cualidad de la ofensa, aun más todos se inclinaron a pensar que no existía ningún ofensor ni ofensa de ninguna clase y que todo era un invento de Rencorosa para hacerse la importante:
- Hay personas que inventan una ofensa para poder quejarse de cualquier cosa, dijo el consejero primero.
- Es posible incluso que esté fingiendo para poder obtener una paga del estado, apuntó el tesorero del reino.
- Hay quien nace con mal carácter y no puede asumir la responsabilidad de sus acciones, dictaminó un tercero.
El rey escuchó las opiniones de sus consejeros antes de irse a dormir, porque al rey le gustaba oír todas las opiniones, pero sabía que la verdad le sería revelada en sueños como casi siempre había sucedido cuando tenia que enfrentarse a un dilema de esta naturaleza.
Esa misma noche soñó lo siguiente:
Había un jardín y en ese jardín tres árboles, uno era un limonero que no daba limones sino higos, había también una higuera que no daba higos sino cerezas, y había un cerezo cuyos frutos no eran las cerezas sino limones.
Entonces despertó y anotó el sueño en su libreta real, esbozando una sonrisa porque el rey había dado, a través del sueño, con la solución.
Después de almorzar se dirigió a la sala de reclamaciones reales donde ya esperaban las tres hermanas desde el alba. El Rey se dirigió a ellas en estos términos:
“Recordad lo que os dije ayer, os pedí a cada una de vosotras un enorme sacrificio, ¿estáis aun dispuestas a llevarlo a cabo, para salvar a vuestra madre?”. Ellas asintieron de nuevo a la inicial condición del Rey que inmediatamente les habló así:
“Ya sabéis que esta isla se llama Dignidad y no Justicia, pero apuesto que no sabéis la razón”.
Las tres hermanas negaron con la cabeza, efectivamente desconocían el origen de tal nombre.
“La razón –prosiguió el Rey– es que la Justicia es un invento del continente que aquí en esta isla tan alejada de casi todo no ha hecho falta inventar. Los habitantes del continente inventaron una Justicia impersonal para proteger a los ciudadanos del Rey y de sus abusos y no para resarcir a los ofendidos como todo el mundo piensa, de no ser por los Reyes abusadores la Justicia no hubiera nacido. Aquí en Dignidad no hemos precisado nunca de la Justicia porque nos basta con el mantenimiento de la dignidad para proteger a los ciudadanos y castigar a los abusadores, la Dignidad es la mejor restitución y también el más ejemplar castigo para los que abusan de los demás. Lo que vuestra madre necesita es que le devuelvan la dignidad y eso sólo podéis hacerlo vosotras tres actuando como una sola persona”.
- ¿Cómo haremos Majestad?- preguntaron todas en una sola voz.
El Rey reanudó su discurso:
“La venganza no sirve porque no puede borrar la ofensa recibida y además porque ofendido y ofensor se situarían entonces al mismo nivel. El perdón tampoco sirve porque está fuera del alcance de los seres humanos, el perdón pertenece a Dios y sólo es posible obtenerlo en determinadas condiciones, hace falta que el ofensor confiese, se arrepienta y restituya el daño recibido, una esperanza vana en un malhechor, los ofensores casi nunca admiten su crimen si no recuperan antes la dignidad. El olvido tampoco sirve porque impide hablar del dolor y el dolor tiene que decirse para que pueda ser sanado”.
- ¿Entonces qué podemos hacer? - preguntaron entristecidas las hermanas.
Y el Rey contestó:
“Cada una de vosotras tiene que renunciar a su inclinación natural y obrar opuestamente a lo que le dicten sus sentimientos, por eso Venganza se llamará a partir de ahora Generosidad, Perdón se llamará Cautela y Olvido tomará el nombre de Recuerdo.
“Ese es el sacrificio que os pido y lo que debéis hacer a partir de ahora es intentar a través de estos nuevos frutos que os he dado recomponer vuestra función en la vida, cada una de vosotras llevará ese sacrificio en silencio intentando minimizar su inclinación natural que es el fruto de vuestro antiguo árbol, y al llegar a casa entregad a vuestra madre de mi parte este papel”.
-¿Qué es Majestad?
El Rey leyó en voz alta dando a su consejo un tono solemne de sentencia.
-Por la autoridad de Dignidad que me confiere este reino le cambio a vuestra madre el nombre, a partir de hoy se llamará Gratitud. Podéis marchar
Y eso hicieron las tres hermanas, y mientras hacían el camino de vuelta cavilaban en silencio en torno a la prescripción del rey tratando de averiguar como un tronco de un árbol determinado podía ofrecer un fruto distinto al que está designado para dar.
Al llegar a casa la madre se encontraba perfectamente bien y asumió con júbilo su nuevo nombre.

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