martes, 6 de marzo de 2007

El nudo y el beso (El nudo de Isis)


Mientras Cronos duerme, las deidades femeninas anteriores a él ejercen su influencia incansable sobre el mundo, principios primordiales sin representación, estatua o culto como las Erinias, Moira, La Noche, Ananké, Némesis (Venganza), las Górgonas, las Horas, Discordia, Las Oceanides, Temis y Tetis, están emparentadas entre si y forman el coro de la Necesidad. Cuanto más omnipresente, más abstracta sea una deidad menos representación precisa, por eso el Logos de Apolo aniquila lo concreto (Calasso 2006) y es a su vez la solución a lo fatídico, el mito como el lenguaje guarda el misterio de la apertura de los significados.
Cada una de estas deidades posee un principio que la neutraliza. Ananké, la gran abstracta es lo opuesto a la libertad concreta y es Eros, más que concreto, específico su antídoto. El amor ciego, dirigido siempre a alguien concreto que es a su vez insustituible, impone a Necesidad su propia ley canónica y se encarga de modificar el destino inexorable de este coro de deidades arcaicas que operan siguiendo las leyes del todo y la nada y que no atienden a la compasión o a la excepción. La función de los Olimpicos fue precisamente la de inventar una nueva subjetividad que dulcificara a través del designio y del derecho la inapelable sentencia de muerte que se enrosca como una serpiente en cada precepto que vigilan las diosas. Los humanos después del invento de Zeus, Apolo o Yahvé ya no volverán a ser los mismos, desde Heraclito nuestra manera de pensar ha cambiado y hace innecesarias las guerras donde intervienen hombres y dioses instaurando la historia. Por eso la guerra de Troya señala el fin del heroe homérico y nos muestra nuevas conquistas en los diversos planos de la subjetividad humana: el pensamiento racional que rehuye el precepto divino como única respuesta al conocimiento humano que se rebela contra los dioses tratando de imponer sus propias leyes: inventa el simulacro, la ficción, el arte, nuestra narrativa no tan lejana –como nos gustaria pensar– a las peripecias que he intentado vincular a través de ese hilo divino que es el vínculo entre seres humanos y mitos donde los heroes pugnan contra sus propias limitaciones con diversos resultados. El nudo de Necesidad y el dulce beso de Eros representan pues tanto lo sublime como lo abyecto en los humanos y al mismo tiempo nos ofrecen la dirección que debemos tomar cuando algo necesariamente no pueda ser desenredado o desatado.


Cuando un niño viene al mundo no cae en el vacío, lo hace sobre un tejido sensorial compuesto por una historia, una historia de amor que tejieron su padre y su madre con varias historias sobreañadidas de los personajes centrales en la urdimbre de ese envoltorio: las relaciones tejidas entre su madre y su abuela, de una enorme importancia, y todas las combinaciones posibles entre los personajes del drama componen los mimbres de esa cesta. Es interesante señalar ahora que esa cesta ya fue señalada por Parmenides, con el nombre de “vinculos de cuerda” que al parecer de Parmenides sostenía en su manos la poderosa Ananké (Calasso, 2006). El vinculo para Parmenides es siempre esencial, una necesidad, lo realmente curioso es la etimologia de esta palabra griega: Ananké significa “constricción” y tambien “parentela” lo que señala en la dirección de que una traducción correcta de esta palabra sería algo asi como el “abrazo engañador” o bien “engañadora necesidad”, Ananké sostiene una red, un nudo que nadie sabe desatar y que solo puede sortearse. La intuición de que el apego era un nudo, que era necesario y que muchas veces es un señuelo está pues documentada desde la antigüedad y se opone a las leyes del amor que sostiene Eros a través de los besos, el beso y el nudo son lo que rodea a lo viviente, Ananké y Eros son pues dos deidades sin rostro, sin culto y sin estatuas, una, la Necesidad es demasiado abstracta y Eros demasiado concreto, lo que les condena a una enemistad perpetua. Siendo ambos como son principios primordiales que contrastan con la feliz despreocupación de los dioses olimpicos y que -de alguna manera- nos recuerda que los tejidos del mimbre de esa cesta que sostiene al recien nacido son a partes iguales tanto el amor como la necesidad.
Tal y como nos enseñó Alejandro la solución es sortear el nudo, soltando la abrazadera.

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